Pulitzer 2007

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Esos momentos existen. Días en que, mientras hojeas tu vida, encuentras el motivo. No me refiero a aquella gesta que todos pretendemos lograr, ni a aquella chica de mirada penetrante. Tampoco a las risas que enmascaran en sociedad nuestra más absoluta soledad. Me refiero a ese motivo innato, congénito, que te empuja a sobrevivir. La fuerza de lo cotidiano es un cuchillo embotado: no corta, pero se clava poco a poco en lo más hondo de tu carne, abriéndose camino hacia tu alma. Es entonces cuando un golpe seco, silencioso, recorre en su totalidad el espinazo y se materializa en la apesadumbrada gota que recorre la mejilla endurecida por los vientos de la familiaridad. Puede esconderse en la mirada de un mendigo, en el enésimo gemido del doliente o en la exalación del agónico. Pero nunca, nunca, esperas encontrarla en una sonrisa.

Supongo que cada vez es más difícil sorprendernos. Nos hemos acostumbrado al dolor que nos hemos insensibilizado. Al fin y al cabo, el dolor no es un mal, sino el aviso de que algo no va bien. Que no lo sintamos es el síntoma inequívoco de la cotidianidad, de la costumbre y, en definitiva, de la aceptación. Sin embargo, por una maldita vez, los brazos se caen y en su desliz arrastran consigo el rumor de las calles y los cielos. Contenidas largo tiempo, todas las emociones se juntan en un único punto de tu cuerpo y se deslizan en forma de exhalación acuosa mientras un relámpago de pensamientos cruza a velocidad astronómica el cerebro.

En verdad, existen partidos que se juegan siempre en la prórroga sin posibilidad de ser ganados. Por toda victoria un minuto más para respirar, un instante más para soñar la irrealidad, “one second more to say goodbye”, como dice la canción de U2. La enfermedad es un enemigo silencioso e invisible. Devora tus órganos y consume los corazones de los que te rodean. No sabría decir qué es peor, la lenta muerte en vida o la impotencia de no tener a quien plantar cara y la por siempre eterna culpa de no poder haber hecho más.

Tal vez sea porque toda mi vida he vivido esta lucha en cercanas carnes, tal vez sea porque quien me ha criado no ha tenido la oportunidad de decir ese adiós a la mujer que la trajo al mundo, pero de nuevo siento cada mililitro de mi sangre latiendo vida en mis venas al ver a Derek y a su madre Cyndie corriendo por un pasillo. Podría haber escogido otra foto del reportaje premiado, pero prefiero ésta, porque es una imagen de la victoria de la humanidad. Porque siempre lucharemos por burlar un día más a la muerte, por decir todo aquello que anida en nuestros corazones, por no ser nunca olvidados. Mnemosine… recordadnos cuando ya no estemos.

Os recomiendo, no obstante, que veáis el reportaje íntegro (http://www.sacbee.com/static/newsroom/swf/april07/mother/). La primera vez sin subtítulos. Observad las imágenes, simplemente. Después de un primer visionado, activadlos, porque os volveréis a sorprender. Adiós, Derek, adiós, abuelita. Gracias, Cyndie, gracias, mamá.

Una sonrisa por una esperanza. Una risa por cada paso dado. Y por un beso… por un beso uno y mil mañanas.

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Categorías: Fotografía, Opinión | Deja un comentario

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